Durante más de dos décadas, el sistema VHS fue sinónimo de entretenimiento doméstico. Reinó en los videoclubes, transformó la manera de ver películas y permitió que miles de familias grabaran programas, conciertos o partidos de fútbol en casa. En una época previa al streaming, esos rectángulos de plástico negro se convirtieron en el medio más accesible y democrático para disfrutar del séptimo arte sin salir del hogar.
Sin embargo, todo imperio tecnológico tiene su final. La revolución digital, liderada primero por el DVD y luego por los formatos de alta resolución, cambió el panorama audiovisual para siempre. El VHS, que en los años 80 parecía invencible, cayó lentamente hasta convertirse en un objeto de nostalgia. Su desaparición no fue de un día para otro, sino una agonía silenciosa que se extendió durante más de una década.
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Los años dorados del VHS

La historia del VHS (Video Home System) comienza oficialmente en 1976, cuando la compañía japonesa JVC presentó su nuevo formato de videograbación. El objetivo era claro. Llevar la grabación de video al hogar de forma simple y relativamente barata. Los ingenieros de JVC (Victor Company of Japan) venían trabajando desde los años 60 en sistemas de videograbación más compactos y accesibles que los enormes y costosos equipos profesionales de la época, como el U‑matic o los primeros VTR de bobina abierta. El proyecto cristalizó en un casete de cinta magnética de media pulgada y un estándar llamado Video Home System, pensado específicamente para el uso doméstico: debía ser fácil de usar, permitir varias horas de grabación continua y ser lo bastante económico como para entrar en millones de hogares.
Su gran rival era el Betamax de Sony, con el cual protagonizó una de las batallas tecnológicas más recordadas del siglo XX. Aunque Betamax ofrecía una calidad de imagen superior, el VHS ganó por su mayor capacidad de grabación y, sobre todo, por su política de licencias más abierta, lo que permitió que decenas de fabricantes adoptaran la tecnología.
En los años 80, el VHS era omnipresente. Hollywood lo abrazó rápidamente, impulsando el negocio del alquiler y las ventas de cintas. Los videoclubes florecieron en cada barrio y familias enteras pasaban tardes enteras eligiendo qué película ver. Fue la primera vez que el público masivo tuvo el control de su propio tiempo de consumo audiovisual: rebobinar, adelantar o grabar programas de televisión se convirtieron en actos cotidianos.
La lenta llegada del relevo digital

A mediados de los 90, comenzaron a aparecer las primeras señales del cambio. En 1997, el lanzamiento del DVD marcó el inicio del declive del VHS. Este nuevo formato ofrecía una imagen más nítida, sonido digital, opciones interactivas y una durabilidad mucho mayor que las cintas magnéticas. Aunque al principio los reproductores eran costosos, pronto se abarataron, y el DVD pasó de ser una novedad a convertirse en el estándar global del entretenimiento doméstico.
Las empresas de video, como Blockbuster, intentaron mantener con vida al VHS durante unos años más, produciendo películas en ambos formatos. Pero la tendencia era irreversible. En 2003, la mayoría de los grandes estudios de Hollywood dejaron de lanzar nuevos títulos en cinta magnética. El último gran estreno comercializado en VHS fue Una serie de eventos desafortunados, en 2006, lo que simbolizó oficialmente el final de una era.
El proyecto VHS de alta definición que pocos recuerdan
Curiosamente, cuando el destino del VHS parecía sellado, apareció un intento de revitalizarlo con tecnología avanzada. A principios de los 90, JVC desarrolló el D-VHS (Digital VHS), una variante que permitía grabar y reproducir video en alta definición. En teoría, era una evolución potente, compatible con contenido HD y con características similares a las de los primeros grabadores digitales.
El D-VHS podía almacenar hasta 50 gigabytes de datos en cada cinta, con una calidad que rivalizaba con los discos Blu-ray que aparecerían años después. Sin embargo, su lanzamiento en 1998 llegó demasiado tarde. El público ya había adoptado el DVD y comenzaba a oír hablar de los grabadores digitales sin cinta. Pese a su innovación técnica, el D-VHS terminó siendo un producto de nicho, utilizado sobre todo por entusiastas del video y archivos profesionales. Hoy es un objeto de colección codiciado entre fanáticos de la tecnología retro.
El regreso nostálgico: coleccionistas y cultura VHS
En la última década, el VHS ha vivido una especie de revival. Coleccionistas de todo el mundo buscan cintas originales, especialmente ediciones limitadas, rarezas o películas de terror que nunca llegaron al DVD. Plataformas como eBay o Mercari están llenas de anuncios de cintas cuyo valor puede superar los cientos de dólares.
Más allá de su valor económico, el renacimiento del VHS está impulsado por una sensación de nostalgia y autenticidad. Los defectos de imagen, el grano, las líneas y hasta el sonido saturado son vistos como parte del «encanto vintage» de la era analógica. En convenciones de cine retro y ferias de coleccionismo, las cintas de los 80 y 90 se celebran como testigos de una época en la que lo físico aún dominaba sobre lo digital. Incluso algunos cineastas contemporáneos, como Panos Cosmatos o los hermanos Safdie, han reconocido la influencia estética del VHS en sus estilos visuales.
El último suspiro: la videocasetera Funai y el fin de una era
Aunque el VHS dejó de ser producido masivamente a comienzos del siglo XXI, hubo un fabricante que resistió más que nadie: Funai Electric, una compañía japonesa fundada en 1961. Durante años, Funai siguió fabricando videograbadoras para marcas como Sanyo y Magnavox, manteniendo vivo un mercado residual de hogares que aún conservaban sus viejas cintas.
En 2016, Funai anunció oficialmente el fin de la producción del último modelo de videograbadora VHS. A pesar de vender aún unas 750.000 unidades al año, la empresa ya no conseguía suficientes piezas de repuesto ni veía rentabilidad en continuar. Ese anuncio marcó el cierre simbólico de una etapa de la historia tecnológica. Las últimas unidades, fabricadas en Japón, son hoy piezas de museo y objetos de culto para entusiastas del formato.
La historia de Funai es también la de la resiliencia de una tecnología que se negó a morir. Incluso en una era dominada por la nube y el streaming, el VHS sigue presente en sótanos, estanterías y colecciones privadas. Representa algo más que una cinta magnética: una manera distinta de vivir el cine, de atesorar recuerdos y de conectar con un pasado que, aunque analógico, sigue muy vivo en la memoria colectiva.


