El Estadio Olímpico de Tokio emerge como un testimonio arquitectónico de la capacidad nipona para superar adversidades y redefinir espacios urbanos. Situado en el corazón del barrio de Shinjuku, entre los sagrados jardines del santuario Meiji y el Palacio Imperial, esta infraestructura moderna representa mucho más que un simple recinto deportivo. Es la crystallización de décadas de planificación, controversias políticas, decisiones arquitectónicas controvertidas y, finalmente, la materialización de un sueño que enfrentó la peor pandemia global del siglo XXI. Su construcción marcó un punto de inflexión en la historia de Tokio, combinando la tradición milenaria japonesa con la vanguardia tecnológica contemporánea.
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El diseño rechazado de Zaha Hadid y la controversia de costos

Cuando Tokio ganó la candidatura para ser sede de los Juegos Olímpicos de 2020 en septiembre de 2013, la emoción se apoderó de Japón. El gobierno confirmó en febrero de 2012 que el antiguo Estadio Nacional, que había albergado los primeros Juegos Olímpicos de Asia en 1964 y cuya importancia simbólica para el resurgimiento nipón era inmensurable, sería demolido y completamente reconstruido. Se reveló entonces que el proyecto recaería en manos de la arquitecta británico iraquí Zaha Hadid, cuyo nombre resonaba en los círculos internacionales de arquitectura como sinónimo de innovación y atrevimiento. El gobierno proyectaba una inversión de mil millones de euros para convertir a Tokio nuevamente en faro de la modernidad arquitectónica mundial.

Sin embargo, el sueño de Hadid no duró lo que se esperaba. A medida que los costos comenzaron a desbocarse de manera alarmante, las cifras iniciales de 162.000 millones de yenes se transformaron en 252.000 millones de yenes, cifra nunca vista en la historia del deporte olímpico. La sociedad japonesa se levantó en protesta contra el derroche presupuestario. Los ciudadanos, ya escépticos ante la magnitud de la inversión olímpica, expresaban su rechazo masivo a través de manifestaciones y peticiones públicas. El primer ministro Shinzo Abe, respondiendo al clamor popular, ordenó en julio de 2015 una revisión completa y radical del proyecto. Hadid, en un intento desesperado, presentó un nuevo dosier con concepto revisado en colaboración con sus socios japoneses, buscando responder a los principios establecidos por el gobierno. Pero era demasiado tarde. El daño reputacional ya estaba hecho y la confianza en el proyecto original se había desvanecido completamente. En diciembre de 2015, las autoridades niponas anunciaron oficialmente el rechazo definitivo del diseño de Hadid.
El rediseño visionario de Kengo Kuma para Tokio 2020

Tras descartar el ambicioso pero costoso proyecto de Hadid, Japón decidió confiar la responsabilidad a un arquitecto local que comprendiera profundamente la idiosincrasia cultural nipona. El elegido fue Kengo Kuma, reconocido internacionalmente por su capacidad para fusionar la modernidad con elementos de la arquitectura tradicional japonesa. Su filosofía arquitectónica, forjada tras el tsunami de 2011, enfatizaba la humildad ante la naturaleza y el respeto por los equilibrios existentes. Kuma rechazaba la arrogancia arquitectónica del siglo XX que presumía dominar la naturaleza mediante estructuras monumentales y frías. Su visión para Tokio era diametralmente opuesta.
El nuevo diseño de Kuma, presentado conjuntamente con la empresa constructora Taisei Corporation y el estudio Azusa Sekkei, redujo drásticamente los costos a 153.000 millones de yenes, apenas la mitad del presupuesto de Hadid. Pero lo más importante fue que transformó la naturaleza del proyecto. En lugar de imponer un coloso arquitectónico que dominara el paisaje circundante, Kuma concibió un estadio que respiraba, que vivía en armonía con su entorno. La estructura incorporaba masivamente madera, con casi 200 metros cúbicos de pino ryukyu y cedro japonés procedentes de las 47 prefecturas de Japón, cada árbol donado como símbolo de unidad nacional. Las líneas horizontales de la fachada hacían referencia a la pagoda de madera Gojunoto de 1.300 años de antigüedad en el templo Horyuji, conectando así el futuro con milenios de patrimonio cultural.
La cubierta del estadio, sustentada por 108 nervios de acero dispuestos en forma circular, pesaba 20.000 toneladas y fue construida utilizando una mezcla de acero y madera de alerce y cedro japonés. Esta combinación no era meramente estética, sino ingenieríl. La madera permitía absorber las distorsiones causadas por terremotos y ráfagas de viento fuertes, mientras que el acero garantizaba la resistencia estructural. El estadio contaría con una capacidad de 68.000 espectadores y estaría rodeado de vegetación exuberante que bordeaba sus terrazas abiertas. La obra se completó en noviembre de 2019, dentro del presupuesto máximo de 159.000 millones de yenes. El estadio fue inaugurado oficialmente el 21 de diciembre de 2019, apenas seis meses antes de lo que fue originalmente programado. Su primer evento fue la final de la Copa del Emperador el primer día de 2020, cuando el Vissel Kobe derrotó al Kashima Antlers. Nadie imaginaba entonces que el mundo entero estaría paralizado solo semanas después.
La fallida inauguración olímpica y los Juegos bajo la sombra de la pandemia
Cuando los casos de COVID-19 comenzaron a dispararse a nivel mundial en enero de 2020, pocas personas imaginaban que los Juegos Olímpicos de Tokio serían pospuestos. Pero la realidad impuso su criterio despiadado. En marzo de 2020, el Comité Olímpico Internacional anunció oficialmente que los juegos serían aplazados hasta 2021, convirtiéndose en el primero en ser postergado en más de un siglo. Tokio, que había invertido recursos colosales en preparar lo que debería ser el espectáculo olímpico más espectacular del nuevo milenio, vio evaporarse sus sueños de gloria en cuestión de semanas.
Un año después, cuando finalmente llegó julio de 2021, Tokio se encontraba nuevamente en crisis. La variante Delta del coronavirus se propagaba con velocidad alarmante. El 8 de julio de 2021, apenas quince días antes de la ceremonia de apertura, el ministro olímpico de Japón Tamayo Marukawa anunció una decisión que sellaría para siempre la naturaleza aberrante de estos juegos: los Juegos Olímpicos de Tokio se celebrarían sin espectadores. Esta decisión dejaría vacíos casi 800.000 asientos, construidos expresamente para que millones de personas presenciaran el mayor evento deportivo del planeta. El Estadio Olímpico, con capacidad para 68.000 espectadores, se convirtió en un gigantesco teatro vacío. Los únicos permitidos en las gradas serían autoridades seleccionadas, el emperador Naruhito, la primera dama estadounidense Jill Biden y el presidente francés Emmanuel Macron. El silencio de las gradas vacías contrastaba de manera perturbadora con el bullicio que debería haber caracterizado a estos juegos.
Japón estaba oficialmente en estado de emergencia. El gobierno había establecido restricciones drásticas, los bares y restaurantes no podrían servir alcohol, y toda la nación llevaba meses viviendo en un constante estado de angustia sanitaria. Incluso el emperador Naruhito reconoció públicamente las dificultades, expresando que gestionar los Juegos mientras se implementaban medidas contra la COVID-19 no era una tarea sencilla. Las encuestas revelaban que el 55 por ciento de los japoneses se oponía a la celebración de los juegos. Decenas de personas se manifestaban constantemente en los alrededores del Estadio Olímpico, protestando por lo que consideraban una irresponsabilidad sanitaria. La idea original de una Tokio resplendeciente mostrando su modernidad al mundo había mutado en una Tokio temerosa, enfrentándose a lo invisible.
La tenista japonesa Naomi Osaka, quien meses antes había ganado el Abierto de Australia, fue la encargada de encender el pebetero olímpico, seleccionando a una atleta joven para simbolizar la esperanza en tiempos de crisis. Su gesto fue cargado de simbolismo, representando la continuidad de la excelencia nipona ante la adversidad. Escenas simbólicas sobre el aislamiento y la soledad provocados por la pandemia se proyectaban en las pantallas mientras el silencio de las gradas amplificaba cada sonido de la ceremonia. Los poco más de mil espectadores permitidos en el estadio experimentaron una ceremonia olímpica completamente diferente a todo lo que se había visto antes en la historia de los Juegos. En lugar de un festival de color, luz y estruendo humano, presenciaron una experiencia introspectiva que capturaba los miedos, esperanzas y resiliencia de una época traumática.
El estreno del Estadio Olímpico bajo estas condiciones quedará grabado en la memoria colectiva como un momento irrepetible en la historia deportiva mundial. Los juegos continuaron durante diecisiete días de competición en un ambiente radicalmente alterado por las restricciones, con atletas compitiendo ante gradas vacías, sus familias viéndolos en vivo desde sus casas a miles de kilómetros de distancia, y la nación japonesa respirando con alivio cuando finalmente todo terminó el 8 de agosto de 2021. La ceremonia de clausura transcurrió de manera similar, en silencio reverencial, permitiendo que el mundo reflexionara sobre lo que significaba celebrar el deporte en tiempos de calamidad global.
Cómo llegar y qué descubrir en los alrededores del Estadio Olímpico

El Estadio Olímpico de Tokio (ex Estadio Nacional) se ubica en la dirección Kasumigaoka-chō 10-1, Shinjuku, Tokio, en un enclave estratégicamente seleccionado que lo posiciona como punto central de conexión con toda la ciudad. Para llegar a esta monumental infraestructura, los visitantes cuentan con varias opciones de transporte público que reflejan la eficiencia del sistema ferroviario tokiota. La forma más directa es mediante la línea Oedo del metro de Tokio, bajando en la estación Kokuritsu-kyogijo, que significa literalmente «Estadio Nacional». Desde esta estación, el acceso es prácticamente inmediato, con carteles en múltiples idiomas guiando a los visitantes hacia la Puerta E Gaienmon del estadio.

Alternativamente, es posible acceder mediante la línea Shonan Shinjuku del tren JR, bajando en la estación de Shinjuku y realizando un transbordo a la línea Oedo, o utilizando cualquiera de las múltiples líneas de metro que convergen en Shinjuku. Desde abril de 2021, el Estadio Nacional abrió sus puertas para recorridos organizados con reserva previa a través del sitio web kokuritu-tours. Estos tours permiten a los visitantes experimentar el estadio desde perspectivas únicas, incluyendo un mirador en el tercer piso con vistas panorámicas de la estructura, la posibilidad de pisar la misma pista de atletismo donde compitieron atletas olímpicos, acceder a los vestuarios rara vez abiertos al público general, y fotografiarse en la zona de entrevistas de prensa. Los recorridos operan desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde, limitados a grupos de máximo 100 personas cada media hora para garantizar la experiencia de calidad. El costo es de 1.400 yenes para adultos y 800 yenes para estudiantes de instituto o menores. Las reservas deben realizarse con anticipación consultando las fechas disponibles en el sitio web oficial.
Qué ver en los alrededores del Estadio Olímpico de Tokio
El santuario de Meiji Jingu

Los alrededores del Estadio Olímpico constituyen un auténtico museo al aire libre de la Tokio histórica y contemporánea. A apenas dos minutos a pie se encuentra el sagrado santuario Meiji Jingu, uno de los templos sintoístas más importantes de Japón, envuelto en una densa arboleda de cien mil árboles donados desde todo el país para su fundación en 1920. El santuario permanece abierto al amanecer hasta el atardecer con entrada gratuita, ofreciendo una experiencia contemplativa que contrasta dramáticamente con la modernidad del estadio cercano. Alrededor del santuario se extiende el impresionante parque Meiji Jingū Gyoen con 70 hectáreas de superficie y más de 230 variedades de árboles, creando un pulmón verde vital en medio de la metrópolis. Los visitantes pueden acceder también mediante la estación Meiji-Jingumae de las líneas Chiyoda o Fukutoshin del metro, con apenas tres minutos de caminata.
El Jardín Nacional Shinjuku Gyoen

El Jardín Nacional Shinjuku Gyoen, ubicado a quince minutos caminando hacia el sur, representa una de las escapadas más apreciadas por los tokiotas. Este extenso parque de 58.3 hectáreas combina tres estilos de jardines diferentes: los tradicionales japoneses con sus lagos, puentes y linternas de piedra, los franceses con sus avenidas formales, y los ingleses con sus áreas de prado. La entrada cuesta 3,15 euros y abre de nueve de la mañana a cuatro de la tarde, cerrando únicamente los lunes. Durante la primavera, los cerezos en flor atraen a millones de visitantes de todo el mundo en una celebración ancestral de la renovación. El parque alberga además un espectacular invernadero repleto de vegetación de todas las partes del globo, y el tradicional pabellón de Taiwán que permanece como testimonio de relaciones históricas.
El barrio de Shinjuku

Más allá de estas áreas verdes, el barrio de Shinjuku ofrece contrastes vibrantes que caracterizan la dualidad de Tokio. El Edificio del Gobierno Metropolitano de Tokio, ubicado a diez minutos hacia el este, brinda acceso gratuito a observatorios en su azotea desde los cuales, en días despejados, es posible avistar el Monte Fuji en la distancia. El Golden Gai de Shinjuku, legendario por sus íntimas izakayas de madera donde trabajadores salariados comparten historias bajo luces tenues, permanece a solo cinco minutos del estadio. El Santuario Hanazono, ubicado dentro del caos del barrio de entretenimiento, abre las 24 horas como refugio de paz y reflexión. Todo este entramado de espacios, desde la madera antigua del santuario hasta las vidrieras del edificio de gobierno, desde los árboles centenarios del parque hasta las cristaleras de rascacielos, forma un ecosistema urbano único donde conviven armoniosamente la tradición más profunda con la modernidad más agresiva. El Estadio Olímpico de Tokio, en este contexto, se erige no como monumento aislado sino como nodo conector dentro de un tejido cultural extraordinariamente complejo.


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